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Primer taller
internacional
de Emmi Pikler en Ecuador

LUGAR

Teatro Casa Blanca.
Universidad San Francisco de Quito, EC.

FECHA:

29, 30 y 31 de mayo de 2018
Horario: 09h00 a 16:30

Más información

info@sentiaecuador.com
WhatsApp: +593 98 33 87 390

La educación dedicada a la primera infancia en el siglo XXI, ha ido tomando cada vez una mayor conciencia de la identidad de los sujetos a quienes va dirigida; y así, ha ido transformando el constructo de las instituciones dedicadas al cuidado de los infantes. La dinámica dedicada al trabajo de los niños de 0 a 3 años, de a poco se aleja de un concepto meramente asistencial, gracias a estudios multidisciplinares que ponen el énfasis en la realidad del niño como un ser capaz de desarrollar sus potencialidades en un ambiente adecuado y seguro.

Esta continua transformación, ha permitido que tanto investigadores como docentes se comprometan con el cambio hacia una escuela de calidad y al avance social que implica; trabajar día a día por llevar a cabo una acción educativa que tenga en cuenta todas las esferas del desarrollo integral del niño (física, cognitiva, social y emocional), proporcionando una educación de calidad en la que el niño es el protagonista de su propio aprendizaje y de su bienestar.

Sin embargo, en varias instituciones y organizaciones educativas,  la educación de la primera infancia sigue adoleciendo de una sobre exposición a estímulos e intervenciones sobre el desarrollo integral, marcada de actividades escaparate para estimular precozmente el desarrollo del niño, así como una pedagogía enfocada en las partes del eje cuerpo-mente que conlleva a una mala organización de la actividades rutinarias del niño.

Frente a esta realidad, se hace necesario revisar y reformular las prácticas cotidianas con los niños y niñas, y basarlas en concepciones científicas, en investigaciones y en aportes de mucha riqueza como los que han hecho la doctora Emmi Pikler y su equipo de Lóczy en Budapest. Este grupo de profesionales, de vocación humanista, conocedores de valores profundos de la práctica psicológica y pedagógica enseñan la necesidad de que exista coherencia entre el pensamiento y la acción en el trabajo diario que se realiza con los niños.

Emmi Pikler fue una pediatra húngara que nació en Viena en 1902 y murió en Budapest en 1984. Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946, Pikler llega a un Budapest completamente devastado por las atrocidades del conflicto; y en este contexto, le es asignada la dirección de un orfanato: “La Casa Cuna Lóczy”, donde la doctora Pikler transgrede los patrones que rigen el trato disciplinario con los niños en la institución, basado en la distancia física y emocional con el bebé abandonado. Pikler analiza el contexto y comprende que en este ambiente, el bebé se siente como si le hubieran arrancado la piel, lo que conlleva grandes carencias psicofísicoemocionales. Se torna preciso crear un ambiente familiar, armónico y acogedor para restaurar la piel psicofísica del bebé. Pikler logra desarrollar un ambiente tan cálido en el instituto, que un cineasta francés que realizó la película “Lóczy, un hogar para crecer”, dijo: “Porque saliendo de este extraño siglo XX, que nos ha enseñado maneras científicas de destruir al individuo, raros son los lugares como éste donde se sepa científicamente ayudarlo a construirse (…)”.

El trabajo de Emmi Pikler esencialmente se orientó a que los niños y niñas que crecían en el instituto fueran como los niños y niñas que crecían con sus familias, de manera que tuvieran lo fundamental para convertirse en personas responsables. De hecho, una investigación realizada a petición de la Organización Mundial de la Salud, mostró que de los niños y niñas que habían pasado por el instituto (aproximadamente 4.000), ninguno tuvo fracaso escolar, problemas con la justicia o abandono de sus hijos cuando fueron padres; es decir, que ninguno de los niños tuvo secuelas asociadas a las instituciones de protección infantil.

Es así que, nace una nueva forma de mirar y entender al niño conectando con sus necesidades. Pikler sostiene, que desde que nace el bebé tiene competencia motriz para desarrollarse de forma autónoma y a través de su propia iniciativa, siempre y cuando disponga de un ambiente y un espacio de tono positivo y lleno de afectividad en el que existan relaciones emocionales basadas en el apego seguro con la figura de referencia. Es así como el niño se siente con la suficiente seguridad para moverse en libertad, explorando su entorno de forma activa e ir desarrollándose en todas sus dimensiones de forma saludable.

Es bajo esta nueva forma de mirar y de conectar con el niño como persona a partir de observar cómo interactúa en cada situación, que Emmi Pikler transforma la práctica de la cotidianeidad del instituto, en un abanico de posibilidades para que el niño se mueva de forma autónoma, en libertad en un ambiente rico y seguro, desarrollando sus propias estrategias y experimentando sus propias frustraciones y satisfacciones; y, por otra parte,  al proporcionar unos cuidados de calidad desde una relación afectiva privilegiada, éstos constituyen la base para crear una identidad real, pues asegurar los vínculos emocionales es asegurar la piel afectiva del niño, la construcción de su fortaleza interior, lo que condicionará la calidad relacional del niño al interactuar con la realidad que le rodea.

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